miércoles, 9 de marzo de 2011

VANIDAD

Crecer y criarse en el mundo de hoy, no es tarea fácil. La sociedad en la que vivimos se rige día a día bajo los parámetros que son emitidos por el consumo. Somos una sociedad consumista por excelencia, por tanto, todo lo que poseemos en cuanto a lo material, todo lo que soñamos tener, las cosas que quisiéramos tener el día de mañana, son ellas el motivo de que día tras día se levanten muy temprano unos, otros sacrifiquen esos dulces sueños en las noches, para cumplir esas 8 horas diarias como mínimos en cualquier trabajo; esas cosas que por las que muchos infinidades de veces, hemos perdido la razón, llevándonos a hacer, pensar, sentir algo que va en contra de nuestros principios y ética moral.

Y son precisamente y desafortunadamente todas esas aquellas cosas materiales, por las que la mayoría de personas trabajan, para obtener dinero, y poder comprarse y poseer todos esos objetos que condicionan ciento por ciento nuestra vida, pues en éste régimen capitalista en el que nos encontramos, la sociedad de consumo, nos las ofrece muy amigablemente, haciendo que siempre caigamos en la trampa (comprar y comprar cosas, sin saciarnos, pues cada vez salen más nuevas, y siempre se quiere más y más. Ahora bien, hay una gran parte de la sociedad en la que ellos mismos se miden por lo que tienen, más no por su esencia del ser)… ¿Será que nosotros “somos algo” con ellas, o “son algo” ellas con nosotros?...
Definitivamente nos movemos en un mundo casi en su totalidad condicionado, es por eso, que a continuación expondremos  uno de los aspectos más importantes y que muy deshonestamente el consumo utiliza para vender sus marcas, creando de ésta manera un estereotipo de mujer y de hombre que “debe” tener la sociedad… LA CIRUGÍA PLÁSTICA. Este aspecto lleva como consecuencia quizá una de los más graves efectos:, y decimos una de las más graves, por lo que lleva consigo, una serie de daños al cuerpo humano, que en el peor de los casos lleva a la muerte, y tal vez, no salta a la vista, o simplemente no lo hemos querido ver por nuestra necedad y ceguera, convirtiéndonos en unas hojas que las lleva el viento sin rumbo alguno, pues bien, no hay peor ciego que el que no quiere ver.

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